jueves, 27 de marzo de 2014

Matando yoes

"Con Gurdjieff, llegábamos a la conciencia de lo que sigue: "El hombre, tal como lo conocemos, el hombre al que estamos acostumbrados: yo mismo, la mujer a quien quiero, mi padre, mi amigo, Goethe, o Francois Mauriac, el vigilante de la esquina, mi almacenero —el hombre, en fin—, no tiene un yo permanente y único. Su 'yo' —lo que él llama abusivamente su 'yo'— cambia tan pronto como sus pensamientos, sus sentimientos, sus humores, y comete un error fundamental cuando se considera como si fuera siempre una sola y misma persona. En realidad, es continuamente una persona diferente, no es nunca aquel que fue un segundo antes. Cada pensamiento, cada humor, cada deseo, dice yo. Y cada vez se cree que ese yo pertenece al todo del hombre. Ahora bien, el todo del hombre no se expresa jamás, en nuestra vida común, por la simple razón de que no existe como tal.
Este yo falaz, estas manifestaciones de la personalidad, como decimos en nuestra psicología convencional, no pertenecen al todo del hombre. Su conjunto no constituye el todo del hombre. Un conjunto de mentiras no constituye una verdad. Lo que soy en el instante, lo que era ayer, lo que seré mañana, y así sucesivamente desde mi nacimiento hasta mi muerte, todos estos yo no se reúnen para componer, para formar mi verdadero yo. Mi verdadero yo está en otra parte. Yo es otro. Todos estos yo sólo se me dan para invitarme a creer que existo realmente. Se me dan para que adquiera la conciencia de su carácter falaz. Se me dan para que los mate uno tras otro, para que ejerza contra ellos mi voluntad de ser realmente, para que los aniquile a fin de que, detrás de ellos, aparezca poco a poco mi yo verdadero, a fin de que el todo de mí sea revelado progresivamente durante la batalla. En la lucha que sostengo contra esos yo sucesivos, se forma poco a poco una sustancia que es la sustancia misma de mi verdadero yo, radicalmente diferente de esos yo de los que se cree generalmente que son elementos de la personalidad. Mí personalidad es el producto de la lucha contra esos yo, un rechazo constante de esos supuestos elementos de mi personalidad. Esos yo sucesivos y engañadores no son consustanciales con mi verdadero yo, no son de la madera con que se hace el verdadero yo. Y sin embargo, ellos existen, evidentemente. No puedo decir que no existen. Durand triste, Durand que desea, Durand que se acuerda, Durand de buen humor, Durand inspirado, etc., existe. Pero no existe sino como materia de sacrificio. Es necesario que yo sacrifique cada uno de mis yo, que los corte en pedazos, les corte la garganta, a grandes golpes de negación, de rechazo, a grandes golpes de voluntad, es necesario que por medio de un prolongado combate consiga su aniquilamiento, a fin de que se me revele mi verdadero yo, a fin de que se me haga sensible mi todo, a fin de que pueda decir un día: "Yo soy el que es".
El todo del hombre no existe como tal naturalmente. No existe hasta que nosotros mismos no hemos forzado nuestra propia naturaleza para escapar a la multiplicidad de nuestros yo falaces. Si nos internamos en esta vía de conocimiento de nuestro todo, entonces comenzamos a ver a los hombres en relación con este conocimiento de ellos mismos que les falta. Comenzamos a verlos realmente, es decir, a medir la distancia que separa a cada uno de su yo único y permanente. Desde entonces, no puedo escribir "La marquesa tomó el té a las cinco". No hay tal marquesa, hay una danza de todas las marquesas posibles, como de partículas de polvo en un rayo de sol: la marquesa de las cinco menos un minuto; la marquesa de las cinco y un minuto; la marquesa de las cinco en punto; la cual ya no es el yo único y permanente de la marquesa. No hay marquesa simplemente, y si yo escribo "La marquesa tomó el té a las cinco", así, con toda tranquilidad, como seguro de la verdad de lo que escribo, colaboro, atado de pies y manos, al mal, es decir, ayudo a la ilusión en que caen casi todos los hombres de existir realmente, de poseer un yo verdadero."

 PAUWELS, Louis. "Literatura, I" en Gurdjieff. Editorial Hachete. Año 1954.

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