miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un sincericidio, un sincerincendio

Porque realmente es hora de cuestionarnos y ver cuántos de nosotros estamos genuinamente capacitados para amar. El tren pasa... nos subimos, o nos tiramos abajo, o hacemos piruetas en el aire. Hay de todo ocurriendo alrededor. Bombardeo de estímulos, bombardeo violento. A toda velocidad! "Atrapá esto si podés pedazo de idiota!!!" Pero no, esto es a drede: inabarcable, inaprehensible, ininterpretable, injusto. Vienen del futuro, vuelven del pasado, explotan del presente. Todos los tiempos ahora. Todas las edades. Somos todos tontos aterrados. Y permanecemos inmóviles. Así inmóviles para que no se note, que no parezca. Así inmóviles para que sea imposible saber qué pasa por nuestras cabezas. Y si me animo a espiar, me arrepiento. Veo gente rendida, sentada sola. Gente rendida en cuartos vacíos, pisos de madera. Gente con la espalda curva, los codos sobre el regazo, mirando al piso, diciendo "ya no puedo". Y yo tampoco puedo. Ya no puedo... Ya no puedo fallar de nuevo, ya no puedo doler de nuevo... Ojalá pudiera interpretar un poco mejor algunas sensaciones. Incendio. Ni ganas de saltar al vacío otra vez.



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