miércoles, 11 de noviembre de 2009

Aguafuerte


Sin título aún.
Tarde soleada de domingo, 3 p.m., 23º C, cielo parcialmente nublado, humedad 52%. Es primavera. La Plaza López reúne un ecosistema variadísimo. Mascotas, muchas mascotas de todas las razas y no-razas, y un espectáculo en el que se corrobora claramente ese viejo mito del parecido entre los perros y sus dueños. La señora cincuentona que fracasó como vedette y sale a la plaza con una máscara de maquillaje porque no le queda más escenario que ése, pasea una perrita a lo Jazmín de Susana Giménez. El pibe corpulento se vale de su rottweiler porque necesita “demostrar” aún más su hombría. Nunca falta el don nadie con cara de nada que es tan pero tan neutro que te lo recomendaría tu abuela como jabón para el acné, y que pasea un perro igual de neutro, que no hace nada, que parece no haber comprendido la gracia de que lo saquen a pasear y que se queda parado, perplejo, mirando todo, tratando de entender el juego.
Un viejo cascarrabias se ve ridiculizado con un perrito faldero de esos petizos y bien peludos, que parece haberse comido, junto con el alimento balanceado, la alegría de su dueño en el almuerzo. Puede que deje entrever el lado sensible de aquel hombre o puede que, como se ve después, el perro sea de su esposa, la vieja esa que estaba allá, charlando con la vecina, y con la que el hombre osó contraer matrimonio allá por los años ’50, cuando todavía regía la idea de casarse virgen por lo que la calentura le ganó a la razón.
La enciclopedia dice que la plaza, además de haber sido históricamente un lugar de reunión, “alberga actividades lúdicas y festivas: fiestas, juegos, espectáculos, deportes, ferias o cualquier acto público imaginable”. Bien, lo que sigue entra bajo la categorización de “espectáculo siniestro inimaginable”.


El sol ya quedó detrás de un edificio y las imágenes adquirieron un matiz azulado. A esta altura, el grupo de mujeres que estaba sentado en bancos enfrentados, charlando entre sí con el obstáculo de una vereda de 3 metros de ancho de por medio, levantó campamento, se dispersó, desapareció. A su lugar fue a parar un grupete de jóvenes quinceañeras con ropa extravagante y provocativa que escucha reggaeton con un celular completamente saturado. Y bailan. ¡Lo peor de todo, es que bailan! A 20 metros de ahí, en el lugar en que hace una hora atrás había unas doñas tejiendo, ahora hay dos punkies bebiendo, y en otra dirección, la cancha improvisada se quedó sin jugadores.En la esquina de Buenos Aires y Pje. Alfonsina Storni hay cada vez menos críos montando los muñecos de calesita. Las palomas vuelven al nido y con pequeños movimientos se acomodan plácidamente en el colchón de paja. Alfonsina Storni vivió frente a esta plaza entre los años 1901 y 1910 ¿Cuál habrá sido el paisaje desde la ventana de Alfonsina? Pero primero, ¿cuál habrá sido su ventana? El sol empieza a caer, las sombras van haciéndose cada vez más largas y emergen a la superficie los personajes más bizarros.

En uno de los bancos del centro de la plaza una pareja cuasi exhibicionista se enrosca sobre sí misma. Parecen calamares queriendo sacarse las entrañas mutuamente. Mientras tanto, un niño de cerca de 4 años da vueltas en bici una y otra vez alrededor de la fuente y observa la escena sin entender qué le pasa a esos dos. La pareja está compuesta por una rubia de mentira con tetas como globos de plástico y un pobre tipo de contextura física deplorable, que intenta taparse la calvicie con un peinado contra natura absolutamente inefectivo. La fuente, indecisa, se enciende y se apaga, se enciende y se apaga, casi con la misma intermitencia con que la pareja detiene su fogoso desempeño cuando aparece el niñito ciclista.
En Pellegrini y Laprida una chica y un chico siguen musicalizando lo que queda de la tarde con un trombón y una trompeta respectivamente, esperando las monedas de los conductores que se detienen en el semáforo. El puesto de flores de la misma esquina ya cerró. La plaza sigue mutando. La calesita se detiene. Un niño llora desconsolado. Las pocas personas que quedaban con sus mates y facturas guardan todo en sus canastos y emprenden el regreso a casa y es así como cada quien recupera su lugar: las palomas al nido, la gente se va. Quizás sea hora de hacer lo mismo.
Aparece otro espécimen, digno de un cuento de Kafka: un señor pálido, de escaso pelo negro, ceño fruncido y un poco jorobado va a un paso inquietantemente lento con una niña de la mano. Otra vez se repite la paradoja: la niña se comió la alegría de su padre (o lo que sea) en la merienda y va dando saltitos al ritmo de una música que sólo ella conoce o imagina.
Ella tiene el pelo castaño, lacio y corto por encima de los hombros, una hebilla de frutillita que le sostiene el flequillo, una remera rosa y un jardinero que le ha quedado tristemente corto y no llega a sus tobillos danzarines. Tiene una sonrisa que ilumina su cara y a todo lo que esté a 4 metros a la redonda también, pero hay una especie de inevitabilidad ahí: por más que quiera, ella nunca hará reír al hombre que la lleva de la mano; y lo sabe, pero intenta de todos modos.

Definitivamente ahora sí es hora de abandonar este lugar. Son las 7 p.m. A dos cuadras de ahí, un hombre que junta basura de un container le dice a una chica al pasar: “¿Qué hace una señorita tan linda, tan sola y tan triste?” La chica le responde que no está triste con los ojos llenos de lágrimas. “¡Vamos! ¡Ánimo nena! ¡Hay que sonreírle a la vida!” Tal vez pensando en la ironía de la vida, la chica esboza una sonrisa y sigue su camino, pues si hasta él lo dice y desde ese lugar, habrá que hacerle caso, ¿no?

5 comentarios:

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  4. Hola. Como ya estoy acá y la curiosidad es la razón detrás de cada una de mis acciones, ¿qué dijo Spencer Sepúlveda de grave para que lo borrases?

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  5. Jajaj... en realidad no dijo nada MALO. Sólo que es una persona que se hace pasar por otra, y con intenciones dudosas. Sólo por precaución.

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